El año pasado, fui llamado al lado de un recién nacido prematuro, a quien los médicos, teniendo en cuenta las graves deficiencias de formación que el bebé presentaba, no le daban más que unas cuantas horas de vida.
Los padres, iniciados los dos al segundo grado de Reiki, estaban, evidentemente, muy desamparados ante esta prueba.
Llegué al hospital a las 21 horas donde encontré un pequeño niño encogido, en una incubadora y que parecía respirar con dificultad. En un primer momento experimenté un sentimiento de impotencia y empecé a hablar con la madre, amiga desde hace tiempo, que, exhausta después del parto, no tardó mucho en dormirse.
A las 22 horas, estaba solo con el recién nacido cuyas pequeñas manifestaciones de vida estaban registradas por aparatos y pantallas que una enfermera controlaba periódicamente. No pudiendo tocar al bebé aislado en su bola estéril, empecé a mandarle un tratamiento a distancia, notando al cabo de unos 20 minutos que su respiración era más regular.
Un rato más tarde, no sabiendo qué comportamiento adoptar, decidí proceder a la iniciación del bebé (a distancia) al primer grado de Reiki.
Es imposible expresar aquí la fuerza y la calidad de la energía que se manifestó en este momento, y yo, tuve la certeza de que el niño abría su consciencia y recibía con dicha lo que yo le estaba transmitiendo.
Hacía las 23 horas, el padre del bebé, que intentaba descansar en una habitación de al lado, vino y le informé de lo que acababa de hacer. Me lo aprobó enseguida y manifestó su confianza y su amistad. Viendo su estado nervioso, le aconsejé volver a acostarse un momento.
Estaba solo otra vez y, hacia la media noche, obedeciendo a mi intuición, hice la iniciación del segundo grado.
Viví, una vez más, una experiencia muy íntima y sutil, y me pareció que estaba comunicando verdaderamente con un nivel de consciencia de una calidad especial.
La noche iba avanzando; entré en un estado de semi-meditación, interrumpido de vez en cuando por el pasaje de personal médico y el zumbido de los aparatos de control.
A las dos de la madrugada, con una gran serenidad, procedí a la iniciación de tercer grado. No dudé ni un instante del fundamento de este acto que se impuso a mí de manera totalmente natural.
Luego, el padre del niño vino y entendí por sus palabras que empezaba a aceptar la situación y que ya estaba en paz.
Pero la vida abandonaba al bebé y sus funciones se pararon delante de nuestros ojos impotentes hacía las tres de la mañana.
Debía de haberse llamado Nicolás y no había vivido más que seis horas del tiempo de los humanos. Sin embargo, era un nuevo Maestro de Reiki que acababa de pasar a otro plan de existencia y de realización.
A menudo, pienso en aquella noche y siento siempre la misma alegría en la idea de que mi acto fue la consecuencia de una inspiración justa.
Creo que gracias a la energía del Reiki, un niño, pasajero furtivo en esta vida terrestre, recibió una preciosa oportunidad de elevarse en consciencia y acudir a una nueva dimensión de luz.
Gérard Berrier